Entrada General: Presentación, el papel del profesor de filosofía y la filosofía en el sistema educativo español
Aunque a
estas alturas de curso ya nos conocemos todos, voy a comenzar haciendo una
breve presentación. Me llamo Francisco Izquierdo, acabo de cumplir 30 años y
estudié Derecho y Administración de Empresas en esta misma Universidad en la
que estoy actualmente cursando el máster de profesorado.
Fue en la
adolescencia cuando surgió en mí por primera vez un fuerte interés por la
lectura, primero por la literatura y más tarde por la filosofía.
Desde que
empecé la Universidad, he mantenido separados por decirlo así el ámbito
académico de lo que era el ámbito de mis intereses: filosofía, literatura, cine…
Después de
acabar la carrera y trabajar en distintos ámbitos de la empresa privada durante
algunos años, decidí hacer un cambio que era importante para mí y que llevaba
retrasando bastante tiempo: el unir estas dos facetas que siempre había
mantenido separadas y dedicarme profesionalmente a lo que más me interesaba y a
lo que dedicaba más tiempo en el ámbito privado. Fue así como decidí
matricularme en este máster para poder ejercer la docencia como profesor de filosofía. Y esto
enlaza precisamente con la siguiente cuestión planteada, que es la del papel
del profesor de filosofía.
Quizá esta
cuestión podemos dividirla en dos, en primer lugar en papel del profesor, es
decir, el papel que uno tiene como docente de secundaria y bachillerato y en
segundo lugar el papel específicamente como profesor de filosofía.
En cuanto a
la primera cuestión, creo que un profesor debe ser fundamentalmente una persona
sensible, capaz de percibir las emociones de sus alumnos, de entenderlas e
incluso de identificarse con ellas. Esto está muy relacionado con la famosa
“empatía” de la que oímos hablar siempre, que no es más que ser capaz de
ponerse en el lugar del otro.
Hablo de
sensibilidad porque me parece un paso previo y necesario, algo más amplio y que
por supuesto desemboca en la empatía antes mencionada, pero que va más allá.
Por tanto
desde esta sensibilidad, seremos capaces de comprender mejor la situación de
los alumnos, como piensan, como se sienten y como ven las cosas. Y de esta
forma, que no es sino ponernos de verdad en sus zapatos, podremos orientar
nuestras clases y nuestros consejos de manera que resuenen de verdad en ellos,
que causen un mayor impacto positivo en sus vidas.
En cuanto a
la segunda parte de la cuestión, la del papel a desempeñar específicamente por
el profesor de filosofía, creo que está profundamente relacionado con la
cuestión de qué profesor de filosofía quiero ser.
Esta es una
pregunta que resulta ineludible para aquellos que queremos dedicarnos a la
enseñanza de la filosofía. Cuando pienso en qué profesor quiero ser, mi
pensamiento quiere irse al recuerdo de los profesores que considero que más me
han ayudado a crecer, que han despertado la curiosidad y el hambre por aprender
en mí.
Sólo un
nombre aparece en mi mente, y es el de María Antonia, mi profesora de Historia
de 2º de Bachillerato en el Zorrilla. Me acuerdo de cómo conseguía trasladarnos
la emoción por la historia, poniendo mucho énfasis en el por qué ocurrían las
cosas y de dónde venía todo aquello, siempre señalando que la historia es un
proceso gradual y no una serie de actos inconexos.
Con María
Antonia en la cabeza y mi propia idea de lo que debería ser un profesor de filosofía, pienso
que mi mayor objetivo será el de captar la atención del alumno, despertar esa
bestia que todos llevamos dentro (aunque dormida muchas veces) y que tanto tiene que ver con la filosofía: la curiosidad
por entender el mundo que nos rodea y las personas que en él habitamos.
Entiendo
que esto es difícil, no es fácil captar la atención de adolescentes con las
hormonas flor de piel. Por eso pienso
que es también necesario desarrollar esa empatía con los alumnos de la que
hablábamos antes, esa sensibilidad que nos permita una mayor comprensión, y
desde ahí, desde esa comprensión (que ellos por supuesto sentirán si es
honesta) transmitir esa idea de la curiosidad, del hambre de conocimiento, de la filosofía como parte inseparable del proceso que es la vida, como algo omnipresente que le añade interés, potencia y significado a la misma.
Conseguida esa confianza, creo que será más fácil la transmisión de los contenidos, tendremos más posibilidades de que nos escuchen, de que nos presten atención incluso que confíen en nosotros.
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